Cuando una persona consulta a un especialista por ansiedad, depresión o insomnio, suele ocurrir algo silencioso pero decisivo. El profesional debe ponerle un nombre a lo que está pasando. Ese nombre es mucho más que una etiqueta clínica. En muchos países define qué tratamiento se indica, qué cubre el seguro, qué justifica una licencia médica, cómo se registran las estadísticas de salud pública y hasta qué investigaciones reciben financiamiento.

El principal “diccionario” que organiza esos nombres es el “DSM”, sigla de «Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales», publicado por la Asociación Psiquiátrica Americana. No es un libro de autoayuda ni una guía terapéutica, sino un sistema de clasificación. Su influencia es enorme porque orienta la práctica clínica, estandariza el lenguaje profesional y estructura buena parte de la lógica administrativa de la salud mental.

Durante décadas el DSM funcionó como un mapa de categorías. Trastorno depresivo mayor, trastorno de pánico, trastorno bipolar, déficit atencional, entre otros. Cada problema quedaba definido por listas de síntomas y umbrales, como si se tratara de enfermedades claramente separadas. Ese esquema aportó orden y un lenguaje común, pero también acumuló problemas evidentes. La mayoría de las personas no encaja limpiamente en una sola casilla, muchas reciben dos, tres o más diagnósticos simultáneos, y dos pacientes con la misma etiqueta pueden diferir radicalmente en su historia, su sufrimiento y sus necesidades clínicas.

En enero de 2026 la institución que publica el DSM difundió una estrategia de reforma en una serie de artículos del American Journal of Psychiatry. Lo relevante no fue la aparición de nuevos trastornos, sino el cambio de enfoque. La propuesta apunta a que el futuro manual deje de ser principalmente un catálogo de categorías y avance hacia una evaluación más dimensional y transversal, donde importen tanto los síntomas como el funcionamiento real de la persona, su calidad de vida y su contexto.

En términos simples, en lugar de preguntar solo qué diagnóstico tiene alguien, el foco se desplaza hacia preguntas más clínicas y más humanas. Qué tan grave es lo que ocurre, qué procesos están implicados, qué factores atraviesan distintos problemas, cómo está funcionando la persona en su vida cotidiana y qué elementos del entorno sostienen el malestar. En esa hoja de ruta aparece también una aspiración de largo plazo, incorporar biomarcadores cuando exista evidencia suficientemente útil. Hoy la propia psiquiatría reconoce que estos aún no son consistentes para la mayoría de los cuadros.

Este giro ha sido presentado por algunos como una revolución. En rigor es una corrección bastante tardía. La neurociencia y la genética llevan años mostrando un patrón incómodo para las categorías rígidas. Los riesgos biológicos se solapan entre diagnósticos y los sistemas cerebrales involucrados en emoción, amenaza, recompensa y control cognitivo atraviesan múltiples formas de malestar.

La psicoterapia, con todas sus diferencias internas, opera desde hace tiempo más cerca de esta lógica de lo que suele reconocerse. En la clínica real buena parte del trabajo no depende del rótulo, sino de procesos como la regulación emocional, la historia vincular, el trauma, el sentido de propósito o los recursos de afrontamiento. Cambia el lenguaje entre enfoques, pero converge la atención en procesos transversales y en intervenciones ajustadas a la persona.

Lo relevante es que este cambio no queda en el plano académico. Presiona directamente a los sistemas de salud mental. Obliga a revisar el sesgo medicalizado, revaloriza la prevención temprana y exige políticas más cuidadosas en el uso de psicofármacos, articulándolas eficientemente con intervenciones psicológicas y psicosociales.

El DSM está cambiando porque la evidencia y la práctica clínica volvieron insostenible su versión clásica. La pregunta abierta es si los sistemas que dependen de él, seguros, políticas públicas, formación profesional y organización de servicios, lograrán cambiar con la misma rapidez. De eso dependerá que este giro sea algo más que una actualización técnica y se traduzca en una atención más precisa, más humana y mejor alineada con lo que hoy sabemos sobre el sufrimiento psicológico.

Dr. Jaime Silva Concha

Instituto de Bienestar Socioemocional

Universidad del Desarrollo