En las últimas semanas ha comenzado a circular con fuerza el fenómeno therian: jóvenes que declaran identificarse emocionalmente como animales, principalmente domésticos. Aunque para muchos esto aparece como una tendencia extraña o pasajera, desde la psicología del desarrollo este tipo de manifestaciones permite observar procesos más profundos vinculados a identidad, regulación emocional y vínculos.

La adolescencia es una etapa crítica para la construcción del autoconcepto. En condiciones habituales, la identidad se desarrolla de manera relativamente armónica: el niño va ajustando quién es a partir del diálogo con su entorno, contrastando capacidades, límites y expectativas en relación con otros. Este proceso permite integrar progresivamente autonomía, pertenencia y sentido personal.

En el fenómeno therian, esta trayectoria aparece fragmentada. La autopercepción comienza a organizarse desde un lugar que el contexto social no logra integrar con facilidad. La identidad deja de construirse en intercambio con el entorno y empieza a consolidarse en espacios cerrados que ofrecen validación inmediata.

Un elemento central para comprender este proceso es la paradoja que viven muchos adolescentes criados en contextos de alta supervisión o sobreprotección. Durante la infancia reciben gran apoyo adulto, con demandas reducidas y fuerte estructuración externa. Esto favorece dependencia emocional. Al llegar la adolescencia, el escenario cambia abruptamente: aumentan las exigencias sociales, se espera mayor autonomía, habilidades relacionales más complejas y tolerancia a la frustración.

Para jóvenes más vulnerables, este tránsito se vive como adverso.

En ese contexto, la identificación con animales domésticos adquiere un sentido psicológico nítido. El animal representa una condición donde se puede depender legítimamente, recibir cuidado y protección, y quedar relativamente al margen de las presiones propias del mundo humano. La identidad therian funciona como un refugio simbólico frente a un entorno percibido como excesivamente demandante.

Este fenómeno no constituye una patología en sí mismo. Sin embargo, suele aparecer con mayor frecuencia en jóvenes que ya presentaban dificultades relacionales, inseguridad identitaria o alta sensibilidad emocional. La comunidad therian ofrece pertenencia, reconocimiento y orden, allí donde antes había soledad, falta de pertenencia.

Cuando esta identidad se vuelve rígida, comienzan a observarse impactos en la vida cotidiana: aislamiento progresivo, tensiones familiares, dificultades escolares y una creciente distancia con el entorno. La identidad se estrecha y pierde flexibilidad, limitando el desarrollo de recursos personales y vínculos reales.

Desde el trabajo clínico y socioemocional, el foco no busca confrontar la identidad declarada, sino que, como enfatizamos en nuestra formación clínica, comprender qué necesidades emocionales se están organizando a través de ella. El objetivo es acompañar al adolescente en la expansión de su identidad, fortalecer su autonomía emocional y reconstruir trayectorias vinculares más amplias.

Con las familias, resulta fundamental revisar estilos de crianza marcados por sobreprotección e indulgencia, promoviendo límites claros que permitan al joven desarrollar agencia personal, tolerar frustración y experimentar competencia.

Revisa la entrevista al Dr.Jaime Silva en Radio Infinita relacionada a este enfoque