Una cultura que debilita la capacidad de pensar: sobre la crisis del pensamiento abstracto

Pocas capacidades definen tanto el desarrollo psicológico humano como la abstracción: la habilidad de pensar más allá de lo inmediato, anticipar, planificar y reflexionar sobre uno mismo. Gracias al pensamiento abstracto podemos identificar patrones generales a partir de experiencias concretas y generar ideas que trascienden el presente. Esta habilidad no surge de forma espontánea; es el resultado de trayectorias de desarrollo en entornos que demandan esfuerzo mental, imaginación, organización y juicio. Cuando esas demandas faltan, en la crianza, la escuela o la cultura, la abstracción no se consolida. Se atrofia.
Hoy se configura un escenario preocupante, en el que al menos tres fuerzas erosionan de manera sistemática la necesidad de pensar abstractamente, con efectos especialmente relevantes para el desarrollo infantil y adolescente.
La primera amenaza es una parentalidad y entornos educativos crecientemente indulgentes e intrusivos, muchas veces bien intencionados, pero psicológicamente empobrecedores. Cuidadores y sistemas escolares que anticipan, resuelven y amortiguan de forma constante la frustración reducen oportunidades esenciales de aprendizaje: ensayo y error, tolerancia al malestar, planificación autónoma y evaluación de consecuencias. Este patrón comienza a observarse antes de la masificación de las redes sociales. De forma congruente, desde fines del siglo pasado, estudios poblacionales en países desarrollados han documentado un estancamiento, e incluso una disminución, del rendimiento cognitivo en generaciones más jóvenes. A la par, evaluaciones educativas internacionales muestran caídas sostenidas en comprensión lectora y razonamiento matemático. Estos hallazgos no describen una causalidad lineal, pero sí un patrón compatible con contextos de crianza y enseñanza que exigen cada vez menos pensamiento autónomo y abstracto.
La segunda amenaza es lo que podríamos llamar scroll mind: un entorno cognitivo dominado por narrativas breves, altamente emocionales, fragmentadas y diseñadas para capturar atención inmediata. El pensamiento abstracto, en cambio, requiere tiempo, continuidad y un cierto desacople de la reactividad emocional. Los sistemas digitales contemporáneos premian exactamente lo contrario, haciendo que pensar deje de ser funcional. La evidencia científica lo respalda: la exposición sostenida a contenidos de formato corto se asocia a un peor desempeño en atención sostenida, autorregulación y memoria, funciones directamente implicadas en la abstracción y la planificación.
La tercera amenaza emergente es la delegación cognitiva masiva en sistemas de inteligencia artificial. Algoritmos que escriben, sintetizan, planifican, deciden y crean por nosotros. La evidencia inicial sugiere que cuando el trabajo intelectual se externaliza de manera sistemática, disminuye la activación de los procesos que sostienen el aprendizaje profundo. Estudios recientes muestran que el uso intensivo de sistemas generativos para resolver tareas complejas se asocia a menor activación de redes neurales vinculadas a funciones ejecutivas y a una reducción de la metacognición, es decir, de la capacidad de monitorear y ajustar el propio pensamiento.
Lo más alarmante de este escenario es su efecto acumulativo sobre el desarrollo psicológico. Estas tres fuerzas no operan de manera aislada: hoy se potencian dentro de un mismo contexto cultural, y sus efectos generacionales se expresan en ámbitos que suelen analizarse por separado: salud mental, rendimiento educativo y deterioro del juicio social, entre otros.
Las respuestas sociales frente a este fenómeno suelen ser parciales y contradictorias. Se prohíben celulares en las escuelas sin enseñar criterios de uso, se critica la dependencia tecnológica mientras se refuerza la delegación cognitiva, y se promueve la autonomía en entornos que vuelven innecesario pensar. Recuperar el pensamiento abstracto exige volver a demandar esfuerzo cognitivo, tolerancia al malestar y tiempo para elaborar ideas, incluso cuando eso resulta incómodo. El desafío es que esta tarea depende, en gran medida, de políticas públicas y decisiones institucionales atrapadas en lo inmediato, precisamente aquello que el pensamiento abstracto busca superar.
Dr. Jaime Silva Concha
Instituto de Bienestar Socioemocional
Universidad del Desarrollo



