La regulación emocional infantil es uno de los pilares del desarrollo psicológico saludable. Sabemos que niños con mayor capacidad para comprender, anticipar y modular sus emociones muestran mejores trayectorias de ajuste social, escolar y psicológico. Sin embargo, aún existe debate sobre qué procesos específicos facilitan ese desarrollo. Un estudio reciente publicado en Emotion aporta evidencia precisa sobre un componente muchas veces mencionado de forma general: el conocimiento de palabras emocionales.

El trabajo examina si la capacidad de los niños para definir y comprender palabras que nombran emociones se asocia con una regulación emocional más adaptativa. Desde una perspectiva constructivista de la emoción, los autores plantean que el lenguaje cumple una función central en la organización de la experiencia emocional. Las emociones no se reducen a reacciones automáticas, sino que se construyen a partir de experiencias corporales, contextuales y conceptuales. En ese marco, aprender palabras emocionales permitiría a los niños categorizar mejor sus estados internos y responder de manera más ajustada.

El estudio utilizó un diseño transversal con 252 niños entre 4 y 8 años, provenientes mayoritariamente de contextos socioeconómicos bajos, junto a sus cuidadores. Se evaluó el conocimiento de palabras emocionales mediante una tarea de desempeño en la que los niños debían definir una amplia variedad de emociones, tanto positivas como negativas. Esta medida evita los efectos techo habituales de otras pruebas y permite captar diferencias más finas en comprensión emocional. Además, se evaluó la regulación emocional infantil mediante reportes parentales, junto con variables familiares como nivel socioeconómico, expresividad emocional parental y dificultades de los padres para regular sus propias emociones.

El análisis central se realizó mediante modelos de ecuaciones estructurales, lo que permitió evaluar simultáneamente relaciones directas e indirectas entre variables familiares, infantiles y de resultado emocional. Un primer hallazgo relevante es que el conocimiento de palabras emocionales predijo de forma significativa la regulación emocional adaptativa en los niños, incluso controlando la inteligencia verbal general. Es decir, no se trata solo de que niños con mejor lenguaje regulen mejor sus emociones, sino que existe un efecto específico asociado a comprender y diferenciar conceptos emocionales.

En contraste, el conocimiento de palabras emocionales no se asoció con menores niveles de labilidad o desregulación emocional intensa. Este punto es clave para evitar interpretaciones simplistas. El estudio sugiere que nombrar y comprender emociones no reduce necesariamente la intensidad de las reacciones emocionales, pero sí se vincula con una mayor capacidad para responder de forma contextualizada, comunicativa y ajustada. La regulación emocional adaptativa implica saber cuándo, cómo y con qué intensidad expresar una emoción, no eliminarla.

Otro resultado central es que las dificultades parentales para regular emociones no predijeron el conocimiento de palabras emocionales en los niños. Este hallazgo desafía la idea de que el modelamiento emocional implícito sea suficiente para promover comprensión emocional. Aunque los padres con mayores dificultades emocionales sí reportaron hijos con mayor desregulación, ese efecto fue directo y no mediado por el vocabulario emocional. Esto sugiere que observar emociones intensas o poco reguladas no necesariamente enseña a los niños a comprenderlas conceptualmente.

En cambio, el nivel socioeconómico familiar sí se asoció de forma positiva con el conocimiento de palabras emocionales. Aun controlando la inteligencia verbal, los niños de contextos con mayor nivel educativo e ingresos mostraron mayor comprensión de conceptos emocionales. Los autores plantean que esto podría relacionarse con diferencias en el uso de lenguaje descontextualizado, conversaciones más elaboradas y mayor exposición a intercambios simbólicos complejos en el hogar. Este resultado conecta con una dimensión estructural del desarrollo emocional que suele subestimarse.

A nivel infantil, la edad y la inteligencia verbal predijeron, como era esperable, un mayor conocimiento de palabras emocionales. También se observaron diferencias por sexo, con un mejor desempeño promedio en niñas, aunque sin que el sexo moderara las asociaciones principales del modelo. Esto indica que, aunque existen diferencias descriptivas, los procesos subyacentes funcionan de manera similar.

Desde una perspectiva clínica y educativa, estos resultados aportan precisión conceptual. Primero, refuerzan la idea de que el desarrollo de la regulación emocional no depende solo de controlar impulsos o reducir emociones intensas, sino de construir representaciones más diferenciadas de la experiencia emocional. Segundo, sugieren que intervenciones centradas en ampliar el vocabulario emocional podrían tener efectos específicos sobre la regulación adaptativa, especialmente en contextos de adversidad. Tercero, muestran que el lenguaje emocional explícito podría ser más relevante que el modelamiento emocional implícito cuando se trata de promover comprensión emocional.

El estudio tiene limitaciones importantes. Su diseño transversal impide establecer causalidad, y la regulación emocional fue evaluada solo mediante reportes parentales. Además, no se incluyeron medidas observacionales del uso real de lenguaje emocional en la interacción cotidiana. Aun así, la solidez metodológica y la coherencia teórica fortalecen la relevancia de los hallazgos.

En conjunto, esta evidencia apoya una visión de la regulación emocional como un proceso cognitivo-emocional integrado, donde el lenguaje cumple una función organizadora central. Promover que los niños aprendan a nombrar, diferenciar y explicar emociones no es un ejercicio accesorio, sino una vía concreta para apoyar su desarrollo emocional. En contextos clínicos, educativos y familiares, este enfoque invita a pensar la regulación emocional no solo como control, sino como comprensión.