Menos conversación, más acción: avances actuales en el tratamiento de la ansiedad en jóvenes

La ansiedad en niños y adolescentes es uno de los motivos de consulta más frecuentes en salud mental. Su presencia temprana se asocia con dificultades académicas, problemas en las relaciones sociales, mayor malestar emocional y un aumento del riesgo de trastornos psicológicos en etapas posteriores. Durante años, gran parte de las intervenciones se apoyaron principalmente en la conversación clínica y en la exploración verbal del miedo. Sin embargo, la evidencia acumulada muestra que, cuando la ansiedad interfiere con la vida cotidiana, el cambio terapéutico depende en gran medida del tipo de intervención que se implemente y de los procesos que esta active.
Una revisión reciente del campo, desarrollada por Philip C. Kendall, integra décadas de investigación clínica y permite identificar con claridad qué intervenciones producen cambios consistentes en niños y adolescentes con ansiedad. El valor de este trabajo radica en ordenar la evidencia disponible y precisar que los tratamientos con mejores resultados comparten un énfasis común: intervenciones activas, estructuradas y orientadas a modificar patrones de evitación.
La ansiedad clínicamente relevante en la infancia suele organizarse alrededor de anticipaciones persistentes de amenaza, una activación emocional intensa y conductas de evitación. El niño teme que algo negativo ocurra, evita la situación que percibe como riesgosa y experimenta un alivio inmediato. Ese alivio refuerza la evitación y aumenta la probabilidad de que el patrón se repita. Con el tiempo, la ansiedad se extiende a más contextos y restringe progresivamente la vida cotidiana. Este funcionamiento explica por qué las intervenciones centradas únicamente en hablar del miedo tienen un alcance limitado cuando no modifican este circuito.
Las intervenciones psicológicas con mejores resultados trabajan directamente sobre estos patrones conductuales y emocionales. La terapia cognitivo-conductual estructurada, especialmente cuando incluye tareas de exposición, se asocia de manera consistente con mejorías clínicas significativas en una proporción importante de niños y adolescentes. En términos generales, alrededor de un 60 % de quienes reciben este tipo de tratamiento muestran cambios claros y sostenidos. Este efecto se ha replicado en distintos países, edades y contextos clínicos.
El cambio terapéutico ocurre principalmente a través de la experiencia guiada. Las tareas de exposición permiten que el niño o adolescente se enfrente de manera gradual a aquello que teme, observe lo que ocurre en la práctica y desarrolle una mayor sensación de control. A medida que estas experiencias se repiten, las expectativas de daño pierden fuerza y la ansiedad se vuelve más manejable. Este aprendizaje se consolida en la acción y se generaliza a situaciones cotidianas, produciendo cambios que difícilmente se logran solo a través del intercambio verbal.
Hablar sobre el miedo y comprenderlo cumple una función relevante para construir una alianza terapéutica y dar sentido a la experiencia emocional. No obstante, la evidencia muestra que los cambios más robustos aparecen cuando la conversación clínica se integra a intervenciones que desafían activamente la evitación. En ese proceso se fortalece la percepción de competencia y se amplía la capacidad de regulación emocional en contextos reales.
El rol de la familia ha sido ampliamente estudiado. La participación de los padres puede facilitar el tratamiento cuando contribuye a reducir conductas de acomodación, promueve la autonomía progresiva y apoya los esfuerzos del niño por enfrentar sus temores. Los resultados tienden a ser menos favorables cuando la intervención familiar reduce las oportunidades de afrontamiento. El impacto depende del efecto que la participación parental tenga sobre los procesos que sostienen la ansiedad.
En la adolescencia, la ansiedad suele presentarse en un contexto más complejo, marcado por mayores demandas sociales, cambios identitarios y una creciente necesidad de autonomía. Aun así, los principios de intervención se mantienen estables. Las estrategias que priorizan el afrontamiento gradual, la activación conductual y el fortalecimiento de la autoeficacia continúan mostrando efectos positivos, con adaptaciones acordes al nivel de desarrollo y a los contextos específicos.
Un aspecto relevante es que los beneficios del tratamiento no se limitan al corto plazo. Los estudios de seguimiento indican que muchos jóvenes mantienen las mejorías alcanzadas y presentan un mejor funcionamiento global, relaciones interpersonales más estables y mayor satisfacción vital. Estos resultados sugieren que las intervenciones activas durante la infancia y la adolescencia pueden influir de manera significativa en la trayectoria del desarrollo psicológico.
A pesar de la solidez de esta evidencia, las intervenciones basadas en acción siguen estando subutilizadas en muchos contextos clínicos. Entre las razones se encuentran creencias erróneas sobre la exposición, dificultades técnicas y variabilidad en la formación profesional. Los datos disponibles indican que, cuando la intervención se implementa de forma gradual, colaborativa y estructurada, la alianza terapéutica se mantiene sólida y los resultados tienden a ser superiores.
En los últimos años también se ha acumulado evidencia que respalda la eficacia de estos tratamientos en modalidad online. La psicoterapia a distancia muestra resultados comparables a la atención presencial cuando conserva sus componentes centrales, ampliando las posibilidades de acceso a intervenciones basadas en intervención activa.
En conjunto, la investigación converge en una conclusión clara: el tratamiento eficaz de la ansiedad en niños y adolescentes requiere pasar de una psicoterapia centrada principalmente en la conversación a una intervención que genere experiencias correctivas sostenidas. Cuando la acción terapéutica se implementa con consistencia y rigor, los cambios alcanzan tanto la ansiedad como el bienestar psicológico a largo plazo.












