Neurocognición y pobreza: implicancias clínicas de un enfoque basado en fortalezas

Cuando la desigualdad se mira solo desde el déficit
Durante décadas, la desigualdad infantil ha sido abordada principalmente desde una lógica del déficit. En este marco, crecer en contextos de pobreza se ha asociado casi exclusivamente a carencias y daños en el desarrollo cognitivo y socioemocional. Este enfoque ha tenido un impacto importante en la investigación científica y en el diseño de políticas públicas. Sin embargo, también ha contribuido a consolidar una narrativa reduccionista que sitúa el problema en los niños y sus familias, más que en las condiciones estructurales que organizan sus experiencias cotidianas.
Desde esta mirada, las diferencias observadas en el desarrollo neurocognitivo suelen interpretarse como señales de deterioro, sin considerar la complejidad de los contextos en los que ese desarrollo ocurre. Esta forma de interpretar los datos tiende a invisibilizar la diversidad de trayectorias, la heterogeneidad de experiencias y las formas activas en que niños y familias enfrentan entornos desiguales.
Además, las narrativas basadas en el déficit no solo influyen en la investigación, sino también en el discurso público y educativo. Estas visiones pueden ser internalizadas por docentes, profesionales y por los propios niños, afectando expectativas, prácticas pedagógicas y oportunidades futuras. Así, una explicación centrada únicamente en lo que falta termina reforzando estigmas que influyen en las oportunidades y en el diseño de políticas públicas.
Talentos ocultos en la adversidad: cómo el desarrollo se adapta al contexto
Frente a estas limitaciones, distintas corrientes teóricas han propuesto un giro hacia una Perspectiva Basada en Fortalezas. Este enfoque no niega las dificultades asociadas a la pobreza infantil, pero amplía la mirada para incluir las respuestas adaptativas que emergen en contextos de desigualdad. Desde esta perspectiva, el desarrollo se entiende como un proceso profundamente dependiente del entorno, en el que los niños ajustan habilidades, estrategias y estilos cognitivos a las demandas de su contexto.
La propuesta subraya que muchas experiencias adversas no son homogéneas ni exclusivamente negativas. Algunas condiciones pueden coexistir con oportunidades relacionales, culturales o cognitivas relevantes. La convivencia multigeneracional, por ejemplo, puede implicar hacinamiento, pero también acceso a redes de apoyo, transmisión cultural y recursos emocionales. Del mismo modo, crecer en contextos impredecibles puede favorecer habilidades específicas de monitoreo del entorno y flexibilidad cognitiva. En esta línea, la evidencia muestra que personas de menor nivel socioeconómico pueden sobresalir en habilidades colaborativas, mayor sintonía social, empatía y precisión empática. Esta aproximación dialoga con el Modelo de Talentos Ocultos, que sugiere que ciertos contextos de adversidad pueden contribuir al desarrollo de habilidades adaptadas al estrés.
Desde esta mirada, las diferencias neurocognitivas no se interpretan automáticamente como déficits, sino como posibles especializaciones funcionales. El desarrollo cerebral es entendido como plástico, no lineal y sensible a la experiencia. Así, ciertas trayectorias pueden implicar beneficios adaptativos en un contexto determinado, aun cuando supongan costos o desventajas en otros entornos. Este enfoque invita a repensar qué se considera desarrollo normativo y para quién se definen esos estándares.
Hacia un cambio de enfoque en infancia y política pública
En este marco, el debate se traslada desde la teoría hacia sus implicancias concretas. DeJoseph y colegas (2024) plantean la necesidad de integrar esta perspectiva basada en fortalezas en la investigación y en las políticas públicas. A partir de evidencia en neurociencia cognitiva del desarrollo, se sostiene que las diferencias asociadas al nivel socioeconómico pueden reflejar adaptaciones contextuales más que déficits universales.
El texto propone tres principios centrales. Primero, que las experiencias vinculadas a la pobreza incluyen tanto desafíos como recursos y oportunidades. Segundo, que las diferencias neurocognitivas observadas pueden indicar habilidades especializadas o estrategias adaptativas. Tercero, que las capacidades cognitivas de los niños se expresan mejor cuando las evaluaciones consideran materiales y contextos cercanos a sus experiencias reales.
Desde estas bases, también se advierte sobre los riesgos éticos de una aplicación superficial del enfoque de fortalezas. Reconocer habilidades desarrolladas en contextos de adversidad no debe justificar la desigualdad ni naturalizar los daños asociados. Por el contrario, se sugiere que una ciencia más equilibrada puede contribuir a políticas más sensibles, que reconozcan la agencia y las fortalezas de niños y familias, sin perder de vista la urgencia de transformar las estructuras que producen desigualdad.
Referencia:
DeJoseph, M. L., Ellwood-Lowe, M. E., Miller-Cotto, D., Silverman, D., Shannon, K. A., Reyes, G., Rakesh, D., & Frankenhuis, W. E. (2024). The promise and pitfalls of a strength-based approach to child poverty and neurocognitive development: Implications for policy. Developmental cognitive neuroscience, 66, 101375. https://doi.org/10.1016/j.dcn.2024.101375












