¿Por qué en la niñez leemos rostros y en la adultez interpretamos emociones?

Cuando somos niños pequeños, solemos mirar las caras de los demás para descubrir qué sienten. Una sonrisa amplia nos dice que alguien está feliz, un ceño fruncido nos alerta de que hay enojo, y unos ojos muy abiertos pueden delatar miedo o sorpresa. Pero, ¿qué pasa con esta capacidad a medida que crecemos? ¿Seguimos basándonos solo en lo que vemos en un rostro?
Un nuevo estudio publicado en la revista *Nature Communications* nos entrega una respuesta fascinante: con el paso del tiempo, dejamos de depender tanto de lo que percibimos en las expresiones faciales y comenzamos a apoyarnos más en lo que sabemos y entendemos sobre las emociones. En otras palabras, pasamos de ser “lectores de caras” a convertirnos en verdaderos “intérpretes de emociones”.
Los niños: expertos en ver
Los investigadores trabajaron con niños de 5 a 10 años y adultos jóvenes. A los más pequeños les mostraron imágenes de rostros con distintas expresiones, usando una técnica especial que registra cómo responde el cerebro a esos estímulos. ¿El resultado? Incluso a los 5 años, los niños ya son capaces de detectar diferencias muy sutiles en las expresiones faciales. Son observadores agudos: distinguen una sonrisa genuina de una forzada, o el miedo de la tristeza, aunque a veces se confunden entre emociones negativas.
Esto significa que, desde muy temprano, tenemos un radar perceptual que nos permite movernos en el mundo social. Gracias a él podemos identificar cuándo alguien está molesto con nosotros, cuándo un adulto está contento, o cuándo conviene acercarse o alejarse.
Los adultos: expertos en comprender
Pero el estudio muestra algo aún más interesante. A medida que los niños crecen y llegan a la adolescencia y adultez, esa capacidad de leer gestos faciales se vuelve menos determinante. Lo que pasa a importar más es el **conocimiento conceptual**: es decir, la comprensión de qué significan las emociones en diferentes contextos.
Por ejemplo, un adulto no solo ve una lágrima en el rostro de alguien, sino que interpreta si es de tristeza, emoción, alivio o incluso risa desbordada. Esa interpretación se construye a partir de la experiencia de vida, del lenguaje y de todo lo que hemos aprendido sobre lo que sienten los demás.
En términos simples: de niños nos guiamos por lo que vemos; de adultos, por lo que entendemos.
Por qué importa esta transición
Este hallazgo cambia la manera en que pensamos el desarrollo emocional. Durante años se asumió que leer las emociones era principalmente cuestión de mirar la cara del otro. Pero la ciencia muestra que esa es solo la base inicial. Con el tiempo, aprendemos a integrar señales más complejas: el contexto de la situación, las palabras que acompañan la emoción, y nuestra propia memoria de experiencias pasadas.
Esto tiene un mensaje poderoso para la crianza y la educación. No basta con enseñar a los niños a reconocer gestos, como “esta cara es enojo” o “esta otra es tristeza”. También es importante darles vocabulario emocional, hablar de cómo se sienten las personas en diferentes situaciones, y mostrar que una misma expresión puede tener significados distintos.
¿Qué significa esto para nuestra vida cotidiana?
Lo que muestra este estudio no es solo un dato científico curioso: nos da pistas de cómo acompañar mejor el crecimiento humano.
En la educación, nos recuerda que enseñar a los niños a identificar caritas felices o tristes no es suficiente. Lo importante es darles palabras, historias y ejemplos para que aprendan a comprender qué siente otra persona en diferentes situaciones. No basta con ver, también hay que aprender a interpretar.
En la salud mental, la lección es clara: muchas veces los problemas emocionales surgen porque no logramos entender bien lo que los demás sienten o lo que sentimos nosotros mismos. Si aprendemos a mirar más allá del gesto y a leer el contexto, podemos evitar malentendidos y sentirnos más conectados.
Y en el desarrollo personal, esta transición de “mirar rostros” a “comprender emociones” nos invita a reflexionar sobre la madurez emocional. Ser adulto no significa dejar de sentir, sino comprender mejor lo que sentimos y lo que sienten los demás. Es una invitación a cultivar empatía, paciencia y un lenguaje más rico para hablar de lo humano.
En el fondo, este hallazgo nos dice algo profundo: entender las emociones no es solo un asunto de ojos, sino también de corazón y de mente. Aprender a interpretar lo que hay detrás de una expresión es, quizás, una de las formas más bellas de crecer como personas.









