El turismo: ¿transformación personal o espejismo cultural?

La crítica filosófica al turismo
Hace algunos años La filósofa Agnes Callard desató la polémica al cuestionar el valor transformador del turismo. En “The Case Against Travel” (New Yorker, 2023) sostiene que viajar por placer rara vez cambia o transforma de manera significativa a las personas, pese al prestigio cultural del “viajero”. Su crítica apunta a la repetición de guiones: selfie frente a la Torre Eiffel, pose “sosteniendo” la Torre de Pisa, aglomeración frente a la Mona Lisa sin abrir espacio para el resto del museo. En esa lógica, el viaje suma escenas reconocibles, pero deja intactos los intereses, valores e ideologías centrales del viajero.
Ad portas de la etapa más álgida del verano, periodo que concentra la mayor cantidad de viajeros en Chile, vale la pena algunas reflexionas el respecto.
La evidencia psicológica y social nos ayuda a orientar esta discusión. Aparecen dos ideas simultáneas: el turismo suele producir cambios internos modestos y transitorios; también puede aportar bienestar emocional, aprendizaje, conexión interpersonal y apertura cultural cuando existen condiciones específicas. Todo indica que el viaje ofrece posibilidades, donde los resultados dependen del tipo de experiencia y del modo en que se procesa.
Motivaciones turísticas y el límite del “cambio personal”
¿Por qué viajamos? En el turismo de ocio dominan motivos como descanso, relajación y ruptura de rutina. También opera la curiosidad cultural entendida como “ver lo emblemático” y consumir aquello a lo que se le asignó valor social, muchas veces de forma pasiva. En otros casos, el viaje responde a razones sociales o profesionales (familia, eventos) más que a una búsqueda deliberada de transformación.
Sobre los cambios profundos, la investigación nos llama a ser prudente. Los viajes breves suelen generar pocos cambios duraderos en rasgos de personalidad, valores o creencias personales. Un estudio con más de 1.500 adultos indicó que quienes viajaron mostraron una felicidad ligeramente mayor antes y durante las vacaciones (posiblemente por anticipación positiva), pero pocas semanas después del regreso ya no había diferencias significativas con quienes no viajaron. Resulta sorprendente el contraste entre el entusiasmo del que viaja con la rapidez en que sus beneficios parecen esfumarse.
En paralelo, hay escenarios donde el impacto crece. Experiencias más prolongadas e inmersivas (semestres de estudio en el extranjero, trabajo, voluntariado) se han asociado a incrementos en apertura mental y estabilidad emocional, además de flexibilidad cognitiva y creatividad por exposición sostenida a perspectivas distintas. La profundidad del involucramiento hace la diferencia. Mientras que el viaje corto ofrece una ventana efímera, el viaje inmersivo añade continuidad y contexto suficiente para motivar a que algo se reorganice internamente.
Bienestar emocional: alivio real, pero nuevamente… duración limitada
Desde la psicología del bienestar, viajar suele operar como un regulador emocional: desconexión psicológica, descanso, experiencias gratificantes, reducción de estrés. Estudios recientes en poblaciones laborales exigentes han mostrado que viajar con mayor frecuencia se asocia a mayor bienestar psicológico, con un rol mediador de menor estrés percibido y mayor apoyo social. En la práctica, muchas personas sienten que el viaje “recarga” y estabiliza el ánimo.
En datos poblacionales, aparece un respaldo fuerte a esta vivencia: una encuesta de opinión europea informó que el 74% considera los viajes clave para su bienestar emocional, situándolos cerca de actividades altamente valoradas como estar con la familia. En esa misma línea, el 89% señaló que la compañía influye directamente en el bienestar durante el viaje, lo que sugiere que el turismo también funciona como experiencia relacional, no solo individual.
Si embargo, los aumentos de felicidad y alivio del estrés tienden a desvanecerse en semanas, coherente con la adaptación hedónica y la tendencia a regresar a una línea base afectiva. En concordancia, algunas investigaciones sugieren que vacaciones más frecuentes, aunque más cortas, podrían sostener mejor el bienestar a lo largo del tiempo que concentrar todo en un único viaje anual.
Autenticidad y redes sociales: experiencia vivida vs. experiencia exhibida
Una parte relevante de la crítica contemporánea apunta a la performatividad del turismo: hacer ciertas cosas “porque se hacen” y mostrarlas. Las redes sociales no han hecho más que amplificar el fenómeno. Un dato especialmente ilustrativo: un estudio de 2023 reportó que cerca de 50% de los viajeros elige destinos principalmente para lucirlos en redes sociales. Esto favorece conductas repetitivas: mismas tomas, mismos lugares, atención volcada al dispositivo, en otras palabras, un camino directo al desfiladero de la homogeneización de experiencias.
Las ciencias sociales agregan un matiz útil con la distinción entre autenticidad del objeto (cuán “genuino” es lo visitado) y autenticidad existencial (sensación subjetiva de libertad y conexión consigo mismo durante el viaje). Una experiencia puede sentirse auténtica incluso en un circuito masivo si hay presencia, curiosidad y significado personal. Dos personas pueden visitar el mismo lugar mientras una solo acumula registros, la otra lo integra como una vivencia con significado. Esta diferencia se juega en la atención, la intención y la reflexión posterior. Pero no es un secreto, basta visitar cualquier destino turístico importante para intuir qué perfil es el que predomina.
¿Y que hay del impacto del turismo en las comunidades locales?
Callard subraya una paradoja central del turismo contemporáneo: el viajero busca cambio personal y termina produciendo transformaciones relevantes en los lugares que visita. La evidencia sociológica confirma que el turismo tiene efectos estructurales profundos en las comunidades receptoras, con consecuencias heterogéneas.
Entre los efectos positivos se cuentan la generación de empleo, el aumento de ingresos, la valorización del patrimonio cultural y natural, y mejoras en infraestructura. En contextos donde estos beneficios son visibles y relativamente bien distribuidos, la percepción local del turismo tiende a ser más favorable.
Los costos, sin embargo, son igualmente consistentes en la literatura. El crecimiento desregulado del turismo se asocia a presión sobre servicios básicos, aumento del costo de vida, degradación ambiental y pérdida de tranquilidad en la vida cotidiana. Estudios con residentes de destinos turísticos describen respuestas emocionales negativas frecuentes —estrés, irritación, sensación de invasión— junto con estrategias para limitar o amortiguar el impacto del flujo de visitantes. La conclusión es clara: sostener el turismo requiere reconocer y gestionar activamente estos efectos.
En definitiva…
El análisis conjunto de la crítica filosófica y la evidencia empírica sugiere una conclusión sobria. El turismo, tal como se practica mayoritariamente, rara vez genera transformaciones personales profundas y sostenidas. Sus beneficios emocionales existen, pero tienden a ser temporales, y su potencial de apertura cultural depende de condiciones que no siempre se cumplen.
Al mismo tiempo, viajar no es una experiencia vacía por definición. Puede cumplir funciones relevantes de descanso, regulación emocional, vínculo y aprendizaje, siempre que se viva con mayor intención y menor automatismo. Frente a la disyuntiva de idealizar el viaje o en simplemente descartarlo, lo relevante parece ser revisar qué esperamos de él y cómo lo terminamos practicamos.
Viajar sin promesas infladas permite una relación más honesta con la experiencia: disfrutar lo que efectivamente ofrece, reconocer sus límites y asumir la responsabilidad que implica desplazarse por territorios que no son propios. Esa conciencia es lo que puede marcar una diferencia real.
Dr. Jaime Silva Concha
Instituto de Bienestar Socioemocional
Universidad del Desarrollo





















