La ciencia moderna lo confirma: una historia materna de maltrato infantil puede tener consecuencias duraderas no sólo en el individuo que vivió la mala experiencia, sino también en las próximas generaciones, al menos hasta la adolescencia.

El abuso en la niñez, se puede manifestar de varias formas: violencia física, psicológica, abuso sexual, y la negligencia por parte de las personas responsables del cuidado. Todas estas acciones generan riesgo en el desarrollo y la estabilidad emocional del niño y futuro adulto.

Por ejemplo, respecto al maltrato físico, la literatura científica es clara en señalar que tiene un efecto negativo sobre el desarrollo de los niños y niñas a nivel físico, cognitivo, social y emocional (Cicchetti & Toth, 2005; Howe, 2005). En particular, niños y niñas dañados corporalmente suelen tener un desarrollo cognitivo más lento, padecen de más problemas de comportamiento, desregulación emocional y agresividad.

Si bien, en el área de la salud mental es frecuente generar la hipótesis de que los factores familiares contribuyen a la transmisión intergeneracional del riesgo, gracias a un reciente estudio hoy se maneja nueva información respecto a la temática. Se sabe, con certeza, que el maltrato infantil materno predice mayores problemas emocionales y de comportamiento en la descendencia (Bravo et al.,2023).

Lo anterior, es justamente lo que ha demostrado una publicación en la que participó el Dr. Rodrigo Cárcamo, cofundador de Sociedad de Desarrollo Emocional. “Lo novedoso de este estudio radica en que hay pocas investigaciones en el mundo que analicen los datos longitudinales de una muestra
poblacional”, señala el académico, y agrega: “en este caso, recogimos e indagamos la información de 3 mil niños por un período de 15 años”.

Así pues, se utilizaron datos de un gran estudio poblacional en los Países Bajos, incluidos los informes de madres e hijos, con la finalidad de examinar la relación entre la historia materna de maltrato y los problemas de internalización y externalización de la descendencia en la adolescencia. En particular, si los factores de riesgo familiares, como el mal funcionamiento del clan y la crianza dura, median esta asociación.

En sus resultados, la publicación logró demostrar que, las madres que vivieron experiencias de maltrato durante sus infancias, tienen mayor dificultad para enfrentar la crianza de sus hijos. Por ejemplo, el historial de abuso sexual y físico de una madre se asoció con menos confianza y mayor control en el rol parental (DiLillo, 2001), menos competencia parental (Banyard, Williams y Siegel, 2003) y escasez de disponibilidad emocional materna hacia la descendencia (Kluczniok et al., 2016). Asimismo, esto provoca en los hijos una mayor dificultad en la relación con sus padres.

Dicho de otra forma, todo esto genera consecuencias en la relación bidireccional. “Es decir, los padres con experiencia de maltrato tienen más problemas para atender las necesidades de sus hijos. Y, por esta misma razón, los niños comienzan a tener dificultades en el vínculo con sus
progenitores”, añade Cárcamo.

Así, en relación con uno de los objetivos principales de este estudio, los resultados indicaron que la historia materna de maltrato se asoció directamente con más problemas de internalización y externalización en los hijos a la edad de 13 años.

También, los resultados con respecto a la crianza dura sugieren que el vínculo entre la historia de maltrato infantil de una madre y la interacción padre-hijo ya era visible en la primera infancia, al mostrar que las madres utilizaron estrategias más duras para la disciplina con sus sucesores desde
la edad de 3 años.

Esto es preocupante, ya que existe una delgada línea entre las duras estrategias de disciplina y el
abuso físico y emocional (Gershoff & Grogan-Kaylor, 2016), y existe el peligro de que la historia del
maltrato se repita (Simons, Whitbeck, Conger y Wu, 1991), ya que la experiencia parental de maltrato
crea un factor de riesgo para el maltrato en el contexto familiar actual (van IJzendoorn, Bakermans-
Kranenburg, Coughlan y Reijman, 2020).

Romper el círculo vicioso

Asimismo, la publicación plantea que estos hallazgos podrían explicarse mejor mediante una perspectiva de cascada de desarrollo: momentos pasados que dan forma a experiencias y comportamientos futuros y, que finalmente, se extienden a la próxima generación. Según el
cofundador de Sociedad de Desarrollo Emocional: “lo que más se pudo observar a lo largo del estudio es que los padres y las madres que sufren maltrato físico durante sus infancias, son más propensos a usar el castigo físico. Pues, como vivieron esa experiencia, al cumplir su rol parental son
más propensos a repetir el patrón”.

Por lo tanto, desde esta perspectiva, las consecuencias de una historia de maltrato infantil pueden acumularse progresivamente con el tiempo a través de múltiples vías (Masten & Cicchetti, 2010). De modo que, cabe destacar sobre lo importante de la identificación precoz de los niños y las niñas expuestas a algún tipo de maltrato, con el fin de generar intervenciones tempranas para mitigar el impacto duradero de estas experiencias negativas. Y así, ayudarlos a superar el trauma de la violencia, acompañándolos en su camino por convertirse en adultas y adultos con un bienestar
emocional, mental y social equilibrado.

Referencia:

● Patricia Bravo, Yugyun Kim, Yllza Xerxa, M. Elisabeth Koopman-Verhoeff, Rodrigo Cárcamo,
Albertine Oldehinkel, Manon Hillegers, Pauline Jansen, Maternal history of maltreatment and
offspring's emotional and behavioral problems in adolescence: Do family factors contribute to
the intergenerational risk transmission?, Child Abuse & Neglect, Volume 141, 2023.